martes, 5 de octubre de 2010

Morandé: El público y la deuda pendiente

“Cuando yo les haga la seña aplauden harto, ¿ya? Soy animador de eventos de una disco, así que si se portan bien les regalo unos freepass”- dijo el hombre que decía ser coordinador de piso, como para entusiasmar al público. Ellos, de inmediato, se encendieron.

imageEl programa Morandé con Compañía se realiza en los estudios Chilefilms: ese que  está ubicado en la comuna de Las Condes, justito en calle Capitanía, a la altura del 1200, para ser exactos. Allí, en la entrada, se agolpó la multitud. Falites, dueños de casa, cesantes, veteranos care’ chicha, niños mimados que van de la mano con la mamita, unas jovencitas que no pasaban los 25 años, de ojos claros y buen culo, y que fueron víctimas de las miradas codiciosas de los viejos calentones interesados en darle, y no saludos.

La mayoría del público permanecía inquieto: conversaba, gritaba y reía, mientras aguardaba el aviso del guardia para que avanzara esa larga fila que se extendía bulliciosa por toda la calle y que, por cierto, echó abajo la tranquilidad de la villa. Todos ellos, o al menos la mayoría, debió haber llamado a la productora del Kike Morandé, la KIKE 21, para conseguir las entradas.

La secretaria pedía el nombre, decía que lo anotaba y luego de unos segundos aseguraba que ya estaban reservadas. Pero la cosa es que las entradas nunca aparecieron. Dieron las diez de la noche cuando recién dejaron pasar al estudio a todo el tumulto en filita, cual arriero lleva su ganado, y ni señas de la famosa entrada. Pero les pidieron a los presentes que tuvieran paciencia, como un gesto de misericordia con aquellas personas, o como una muestra de que se dan cuenta que son personas y no animales.

Se trata de un recinto estrecho comparado a lo que se percibe desde las pantallas de la televisión, con una capacidad para recibir a no más de cien personas, un par de butacas de madera colocadas en cada esquina, cámaras imageapretujadas frente a un escenario diminuto, hombres y mujeres que se paseaban de un lado a otro; unos daban instrucciones… otros obedecían.

Se encendieron las luces, las cámaras también. Apareció un tipo que decía ser coordinador de piso y que gritó, porque fueron alaridos los que se escuchó apenas abrió su boca, que si cualquier de los invitados aparecía en la tele que no se les fuera a ocurrir hacer señas de ningún tipo, porque se veía feo. Esa fue la primera de las tantas indicaciones que vendrían después. Se trataba de un verdadero show simulado.

Las órdenes del que decía ser coordinador…

¡Oye! Tú, sí, tú el de polera roja, siéntate que ya va a empezar el programa!-, le gritaron a un joven que pretendía ir al baño. Éste se sentó rápido, sin protestar. Todos los asientos quedaron ocupados y los que llegaron último tuvieron que sentarse en el suelo. Tengo la raja pa’ la cagá, se escuchó que alegaba un joven, y no era la excepción. Los que se perdieron en medio del camino o se quedaron dormidos, les pasó la vieja y no los dejaron entrar.

En el estudio, el sonido de las voces del público no dejaban ni un sólo espacio para el silencio, lo que empezó como un murmullo tenue se convirtió en un ruido intenso que se apagó de súbito cuando apareció el hombre de esa noche, Francisco Javier Morandé Peñafiel, más conocido como el Kike Morandé, dando paso a fuertes aplausos y vítores.

Al ruido de los aplausos y los gritos se suimagemó una música de fondo, como de presentación. El que decía ser coordinador de piso hacía señas al público, eufórico, para que todos aplaudieran con todas sus fuerzas, en señal de ovación. Y como si eso fuera poco, realizaba gestos con su boca para que todos lo imitaran y gritaran i-do-lo, í-do-lo, í-do-lo, arrastrando las palabras, y todos obedecían sin vacilar.

Los reclamos del público

Luego de que la gran mayoría acabó con las manos acalambradas de tanto aplaudir y otras voces afónicas de tanto vociferar, una voz en off, de tono grave, de palabras que calaban al oído, pero algo seca, incluso tenebrosa, informó que lo primero se trató de una grabación que se transmitiría en un par de días más, y que por eso solicitaron al público llegar con tanta anticipación. De inmediato se oyeron algunos reclamos tímidos que fueron en aumento.

Una de las tantas señoras que estaba sentada entre el público, entrada en kilos, de pelo corto y teñido rojo, y con una blusa gigante que la vestía completita, alegaba y alegaba que quería aparecer en vivo y en directo. Y su deseo se concedió al poco rato después. El Kike volvió a ingresar al estudio, pero esta vez sí que iba en serio, o mejor dicho, sí que iba en directo. Se encendieron nuevamente las cámaras, se escuchó la misma música de fondo, se repitieron los aplausos alentados por el que decía ser coordinador de piso, pero esta vez sin ningún tipo de grito escandaloso.

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Ingresó al estudio el guatón Mathiu y todos le avivaron la cueca. La  señora que reclamaba hacía un rato ahora tenía la risa impregnada en el rostro porque el guatón se sentó justo detrás de ella y justo al lado de un cuarentón regordete que le apodaban el Caszely, por su parecido al ex jugador de fútbol. Entonces cada vez que el Mathiu tiraba una talla las cámaras lo enfocaban y la señora aparecía en un extremo de la pantalla riéndose a carcajada limpia.

Pasaron las horas y el que decía ser coordinador de piso no se cansó de gritar instrucciones al público, pero no se olvidaba de alabarlo por lo que él calificaba como tener buena disposición, en circunstancias que no quedaba otra opción. Cuando el programa terminó, el público ya tenía las manos moradas por todos los aplausos que concedió gratuitamente.

Yo soy animador de eventos de una disco –decía el supuesto coordinador de pisos- así que si se portan bien les regalo unos freepass. Y mientras daba las últimas instrucciones para que el público desalojara, la señora entrada en kilos que alegaba que quería aparecer en vivo le gritó: ¿¡Shí, weón patúo, más lo que aplaudimos, y las entradas cuándo!? Pero las famosas entradas nunca aparecieron. Ni siquiera un engañito, ni por el favor que les hicieron.

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